Amateur

A partir de tres historias, un matrimonio anciano, el recuerdo de un suicida que pasó sus últimos días gastando y regalando lo que tenía en la zona y un rodaje enorme de la última película de J.Audiard, Amateur propone un retrato íntimo de un pueblo de montaña.

Direcció: Martín Gutiérrez · Muntatge: Ana Pfaff · Idioma: Castellà · Subtítols: English · Gènere: Documental País: Espanya

Crítica de Pere Alberó para la revista Caimán. Cuadernos de cine.

Amateur, es una pieza frágil como la vida de sus protagonistas, los abuelos del director que permanecen en un pequeño pueblo del Valle de Hecho en el Pirineo de Huesca, donde todavía se mantiene un dialecto del aragonés: el cheso. Frente a un paisaje imponente, el director filma el desvanecerse de los dos ancianos, donde lo más firme parece ser el banco en el que se sientan y que tiene el peso de un tótem de la memoria. De hecho, la película tiene su fuerza principal en ese milagro del cine para salvaguardar algo de la extinción del tiempo. El cine como memoria para el futuro. Amateur comparte aquella tenacidad obsesiva y aquella fragilidad de las primeras películas de Naomi Kawase, cuando filmaba obsesivamente a su madre adoptiva y a todo lo que formara parte de su entorno, tal vez por el temor de que pudiera desaparecer sin dejar rastro. La película de Martín Gutiérrez, que formaba parte de la programación de la sección más experimental del Festival (Film Forward International Competition), obtuvo el Premio Especial del Jurado.

Pere Alberó

Memoria para el futuro


Lejos de Echo y muchos días después sigo acordándome de algunas imágenes de “Amateur”, la película que Martín Gutiérrez compartió con sus vecinos en Semana santa. El silencio expectante que se instaló en el patio de butacas, las risas tímidas que sucedían a algunas escenas y la ovación con la que el publicó saludó a Martín, y a su abuelo Antonio, son igualmente recuerdos de esa sesión de cine inolvidable.

Antes de entrar no tenía muy claro qué podía encontrarme en una peli con ese título, ese cartel y el reclamo de que había sido galardonada en el Festival de Cine Documental de Tesalónica. Por eso la sorpresa fue mayúscula. Alguien dijo que afortunadamente las cosas le pasan a quien sabe contarlas y no todo el mundo tiene la habilidad de emocionar explicando algo tan sencillo como la vida, eso que pasa mientras hacemos otras cosas, en palabras de John Lennon.

Eso es lo que Martín consiguió atrapar con una paciencia tenaz y una belleza que no puede atenuar el aspecto “amateur” de tantas horas grabadas con diferentes tipos de cámaras. Como estos días no paro de darle vueltas a esta película me voy encontrando con textos que enseguida relaciono con ella. Decía Espido Freire hace poco que en la narrativa actual “muchas veces el interés radica no tanto en la calidad de lo escrito como en la voz que fue testigo de la experiencia” y argumentaba así al repasar cómo ha cambiado la manera de contar en pocos años. “Las emociones -decía- tenían algo de chaleco de lana, de ropa interior áspera que no se mostraba, irremediablemente incómoda” y destacaba que los años “han corregido el hermetismo de la generación anterior”.

La historia de amor de 70 años entre María y Antonio que muestra la película de su nieto viene a confirmar las palabras de Espido Freire. Los dos se mueven con la desenvoltura que permite la cercanía del cineasta, sometidos a la tiranía de esa enfermedad que devora los recuerdos y desinhibe a quienes la padecen… y a las personas que viven con ellos. La cámara por momentos se hace invisible y se mimetiza con ese rincón del pueblo, igual que el banco de Mariferrera o la pared donde Antonio lleva décadas haciendo anotaciones, dibujos o, sencillamente, poniendo su firma. Es más importante lo que se muestra que la calidad de la imagen.

Es otra de las grandezas de la película, que sitúa su aparente aspecto informal al servicio de la historia, no solo de las secuencias de los abuelos sino también en ese otro relato casi legendario del suicida que anuncia que se colgará el día en que se le acabe el dinero o de las imágenes “robadas” durante el rodaje de un western con presupuesto multimillonario y estrellas americanas.

Quién podía imaginar que Oza pudiera lucir tan bien en una peli de vaqueros y que al mismo tiempo se estuviera incubando una película como “Amateur”, tan pequeña, tan local que acaba convirtiéndose en una obra perfectamente entendible para cualquier auditorio. Cine dentro de cine que trasciende la esfera más íntima para convertirse en un relato global.

Al mirar estos días el tráiler de la película en internet volvía a sorprenderme la mirada líquida de María y esos gestos que tantas veces le veíamos hacer. Al ver a Antonio caminando con su siglo a cuestas me acordaba de lo que me decía alguien al salir del cine, que la película había captado de maravilla el “estrés del cuidador informal”. Escuchábamos y veíamos a Jorge, tan vivo en la pantalla como en nuestro recuerdo. Y se sucedían las emociones, durante una hora y pico.

“Amateur” tuvo el premio especial del jurado en el festival de Tesalónica y, al glosarlo en la revista Caimán, el periodista Pere Alberó destacaba que la fuerza del film radicaba en “el milagro del cine para salvaguardar algo de la extinción del tiempo”. La generosidad de Martín al compartir momentos tan personales y su pericia como narrador son los verdaderos ejes de esta película, que es una demostración de cariño tan sutil, tan auténtica y tan real que por eso no podemos quitárnosla de la cabeza.


Enrique Vicién